No se puede, o no creo poder, vivir de esperar que un día por fin se baje de ese avión. La verdad, siempre entre ella y ese espacio que dejaba como para que pudiera tomar aire en medio de un lugar super congestionado de sentimientos, existíamos bien, nos desenvolvíamos y luego nos íbamos a dormir, sabiendo que seguramente no el día siguiente, ni el siguiente, pero de vez en cuando nos veríamos, sin tratar de hacer cosas de más o pretender abarcar un espacio que no era de nadie. La palabra independencia estaba bien resuelta y holgadamente entendida.
Un día, ella tomó ese tiempo en su bolsa esa de colores, tejida por alguien cercano, muy querido por ella, se subió a ese montecito en la salida de la ciudad y con un mantel rojo postrado a sus pies, decidió fumarse segundo a segundo cada recuerdo que había envuelto en ese tiempo.
El resultado era obvio, un día, queriendo gozar de alguno de esos recuerdos, le pedí que me los prestara, me apresuré al lugar donde guardaba ese tiempo y ella cerrándome el paso y el cajón donde estaban me dijo:
"ya no están, no se han esfumado, me los he fumado en una tarde maravillosa, uno a uno, no dejé nada"
"¿Cómo? le pregunté espantado.
"Sí, un día, decidí acabármelos todos y así lo hice, no te dejé ni uno, lo siento"
Fragmento.
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